domingo, 22 de noviembre de 2009

Huida

La oscuridad la ciega, lo ve todo de un negro infinito.
Las rocas le hieren los pies y las ramas de los árboles le golpean la cara, provocando que sangre.
A pesar de que se siente desfallecer sólo tiene un pensamiento en su atribulada mente: seguir adelante, no puede pararse. No puede dejar de correr.
Corre todo lo rápido que su cuerpo le permite y se esfuerza todavía en correr más al escuchar esas pisadas detrás de ella, acosándola, persiguiéndola.
Sabe que si se detiene tan solo un momento su perseguidor la atrapará y ya no habrá ninguna escapatoria.
En su desenfrenada carrera a través del bosque no puede ver el ligero saliente que hay en el suelo. Se tropieza y cae sobre el suelo con un gemido de dolor y aún más asustada, pues sabe que está perdiendo un tiempo que no tiene.
Escucha que los pasos tras ella de acercan. Consigue levantarse a duras penas, con fuerte dolor en el tobillo y entonces ve al frente la inmensa catarata y la caída del agua por ella.
Su mente queda entonces en blanco, no puede escuchar y lo siente todo muy lejano.
Es entonces cuando mira un segundo atrás y lo ve a él a pocos metros de donde ella se encuentra, corriendo hacía ella como un tigre sobre su presa. Consigue ponerse en pie soportando el dolor y no lo piensa ni un segundo. Se abalanza a toda prisa hacía la catarata.
Su cazador se detiene en el borde y la ve caer. Sabe que ese no ha sido el final.
Yace dolorida flotando en el agua, movida por la corriente del río. Apenas nota el frío en su dolorido cuerpo. Tras tener la fortuna de sobrevivir a la caída por la catarata, su cuerpo entumecido es casi insensible.
En el agua, puede ver el cielo inundado de estrellas de aquella noche. Sabe que en su estado no puede luchar contra la corriente del río, no tiene uerzas. Lo única que puede hacer es dejarse llevar y confiar en que la suerte que ha tenido al no morir en la catarata continúe con ella y le haga llegar a un lugar a salvo. Algún lugar donde poder esconderse.
El tiempo se le hace interminable y a veces tiene la sensación de estar en una especie de limbo, ni viva ni muerta. Sin poder hacer nada más que esperar el final. El que sea. Vida o muerte.
No entiende gran cosa de todo aquello. Hace poco ella salía de trabajar en su despacho de la Gran Avenida y tras saludar a sus compañeros más abnegados se dirigía hacía su coche tras haber acabado su jornada.
Parece que fué hace años cuando mientras acababa de abrir el coche sintió un fuerte golpe y lo siguiente que vio fue ese horrible bosque y a él.
El hombre que la retenía y le decía cosas incomprensibles para ella. El era ahora su cazador y ella la presa. Una presa que se sentía totalmente indefensa flotando en el agua.
En medio de su inconsciencia de pronto sintió algo. Algo le golpeaba la espalda y le raspaba las piernas. Haciendo un gran esfuerzo se giró y vio su final. O eso pensó ella. Estaba en la orilla y había quedado atascada entre las rocas. Tuvo un segundo de esperanza. Quizás si, quizás todo tendría un buen final. Se arrastró como pudo fuera del agua y en medio de la oscuridad de la noche fue poco a poco adentrándose en la maleza, buscando un escondite. Ya pensaría en lo que haría después, ahora le bastaba con esconderse lo mejor que pudiera.
Finalmente llegó a un hueco en la raíz de un árbol rodeado de maleza y algún arbusto. Le fué suficiente, sólo quería quedarse allí escondida y desaparecer del mundo.
Ya estando oculta en el refugio se tumbó sobre el frío suelo de tierra y pensó en el mañana, porque tendría un mañana. Seguramente él pensaría que estaba muerta después de la de haber caído o si la había buscado le sería difícil dar con ella en aquel inmenso paraje en el que se encontraba.
Nada más lejos de la realidad. De pronto el corazón se le aceleró como si hubiera recorido kilómetros y en aquel instante sintió que algo iba mal. Comprendió que no habría un mañana para ella. Que ilusa había sido...
Una mano grande y fuerte la cogió del cuello y lo último que sintió fue una sensación inmensa de frío, no ya por el clima y las circunstancias si no por la muerte que tenía cara a cara.

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