miércoles, 20 de enero de 2010

El beso

En apenas unos segundos la ligera lluvia se había convertido en un torrente de agua que caía sobre él, empapándole por completo. No le importaba. Lo único que le importaba en aquellos momentos era verla a ella.
"¿Que le puedo hacer?", pensó, "tan sólo necesito verla para poder seguir con vida un dia más".
Mientras sentía como aquella tormenta le resbalaba por el rostro y por el pecho pensó por un momento- brevísimo- que un hombre más sensato que él se iría y se daría por vencido, pero el destino había querido que él no fuera un hombre sensato de corazón inoxidable. Todo el mundo tiene sus defectos, supuso.
Fué en aquel preciso instante en el que pensaba en su frágil y oxidable corazón de enamorado cuando pudo ver la sonrisa más deslumbrante y los ojos más preciosos del mundo. Él la vió.
Mientras su corazón retumbaba con fuerza, parpadeó un par de veces para asegurarse de que la deliciosa mujer que tenía a poquísimos metros era real, ella, y no una delirante visión del paraíso fruto de su larga espera de aquella lluviosa tarde.
Pero si, a veces incluso los hombres de corazón frágil tienen suerte, estaba ahí y era real.
Ella no le había visto, oculto como estaba tras la esquina del edificio y cuando la joven se decidió a volver la esquina algo molesta por la intensa lluvia que empezaba a empaparla, sintió una mano que le cogió del brazo empujándola hacia un recodo de la pared.
Apenas tuvo tiempo de abrir la boca para gritar cuando de repente vió aquello ojos negros que le habían robado tantas horas de sueño. Él la besó al instante de tenerla entre los brazos, con pasión por tener al fin el paraíso entre los labios y con furia por saber que aquel era un beso prohibido para ambos, no obstante, ¿quién había dicho que lo prohibido era malo? Ese beso sabía mejor que todos los manjares habidos y por haber...
Ella lo abrazó con fuerza, introduciendo sus dedos por entre el mojado cabello de él y fué undiéndose más y más en aquella tormenta a la que jugaban sus labios, mucho más atronadora sin duda que la que sentían en el cielo.
Se separaron por un momento y en ese leve instante de miradas que cuentan mil historias él pasó suavemente sus dedos por la mandíbula de ella, le rozó el lóbulo de la oreja y levísimamente acarició aquel suave cuello repleto de frías gotas de lluvia.
El tiempo se agotaba y ya les quemaba a ambos la cercanía de su separación, en aquel instante él pensó que un hombre sensato se apresuraría a alejarse de ella y acabar así con aquella temeridad pero, una vez más, pensó que el no era para nada un hombre sensato. No consiguió resistirse a volver a posar sus labios empapados sobre los de ella y saborear cada una de las gotas que tenían gracias a la incesante lluvia, y así poco a poco, bebió de su boca hasta quedar casi saciado de la sed que tenía de ella. Él sabía que ese casi nunca desaparecería, nunca acabaría de saciar por completo aquella sed.

sábado, 16 de enero de 2010


No. No lo sabes. No sabes como extraño tus manos, no sabes cuanto añoro tus caricias.
Es completamente imposible que te hagas una idea de hasta que punto mi corazón necesita sentirte conmigo para poder bombear sangre hacia el resto de mi cuerpo...
Si pudieras comprender como tan sólo cerrando los ojos puedo recordar a la perfección tu olor como si te tuviera a dos centímetros... Pero lo que me cuesta recordar por mucho que lo intento es que definitivamente no. No lo sabes. Y nunca lo sabrás.